Tras años de espera, Alcides Narváez fue sorteado para acceder a una de las 20 viviendas preadjudicadas por el IDUV en Río Gallegos. Detrás del número que apareció en pantalla hay cuatro hijos, años de alquileres, humedad, frío, trabajo y una familia que aprendió a atravesar las dificultades siempre unida. Su historia refleja la de muchas familias santacruceñas.
Una casa puede medirse en metros cuadrados. Tiene paredes, techo, puertas y ventanas. Un hogar, en cambio, se construye con vínculos, recuerdos, cuidados, esfuerzos compartidos y esa certeza íntima de tener un lugar al que pertenecemos.
Los Narváez hace mucho que tienen un hogar, construido por Alcides y Mónica junto a sus cuatro hijos: Nicolás, Florencia, Nazarena e Ian.
Lo hicieron incluso cuando las paredes que los rodeaban eran alquiladas, cuando había humedad, cuando entraba el frío y cuando llegar a fin de mes obligaba a hacer cuentas una y otra vez.
Son una familia humilde y trabajadora de Río Gallegos. Mónica trabaja en una cooperativa y Alcides es playero en una estación de servicio desde hace 17 años. Actualmente alquilan una vivienda en el barrio Jorge Newbery y los seis aportan, de diferentes maneras, a una economía familiar en la que nada sobra. El pasado 5 de agosto, algo cambió.
Después de 23 años de espera, el número de Alcides Narváez salió sorteado para acceder a una de las 20 viviendas del Instituto de Desarrollo Urbano y Vivienda (IDUV) y aquel hogar que permaneció unido durante tantos años, por fin tendrá su casa propia.
La inscripción comenzó por la salud de Nicolás
Cuando Mónica reconstruye la historia, hay un dato que permite dimensionar cuánto tiempo pasó desde que comenzó aquel sueño.
“Yo hace 23 años que estoy anotada. El más grande tenía cuatro años”, recuerda.
En aquel momento, Nicolás tenía problemas respiratorios. “Nosotros estábamos anotados porque mi hijo, desde chiquito, tenía problemas de salud, no podía estar en lugares húmedos. Y nosotros siempre alquilábamos casas húmedas, era lo más barato, era lo que podíamos”, cuenta Mónica.
Cuando inició el trámite le dijeron que posiblemente debería esperar cuatro o cinco años. “Yo decía: ‘Bueno, mi hijo va a estar cumpliendo los ocho años y voy a tener la casa’”. Pero la casa no llegó. Nicolás, el niño de cuatro años por quien sus padres comenzaron a buscar una vivienda digna, hoy tiene 27 y está sano.
La historia de los Narváez también refleja la de muchas familias trabajadoras para las que el esfuerzo cotidiano no siempre alcanza para acceder por sus propios medios a una vivienda.
Allí, la presencia del Estado resulta fundamental para garantizar oportunidades y hacer efectivo el derecho a una casa digna.
El sorteo público impulsado por el IDUV buscó justamente que quienes cumplían los requisitos pudieran acceder de manera transparente, justa y legal.
“La lucharon, la lucharon y la lucharon”
Para los hijos, la carpeta del IDUV, los trámites y la esperanza de la vivienda fueron parte de la historia familiar. También hubo momentos en los que pensaron que el sueño se terminaba.
“Hace mucho tiempo vengo viendo a mi familia, todo lo que viene luchando con el tema de la casa”, cuenta Nazarena.
Hubo incluso un momento especialmente difícil cuando, según recuerda, la familia quedó afuera del proceso porque se extravió su carpeta.
“Fue un momento muy triste porque, como dice mi mamá, perdieron la esperanza. Pero después la lucharon, la lucharon, la lucharon y se volvió de vuelta a estar en juego. Fue una alegría tremenda”.
Para Nazarena, la vivienda representa mucho más que dejar de pagar un alquiler.
“Es un sueño que siempre tuvimos. Cuando estemos en la casa, lo único que vamos a hacer va a ser disfrutar y, como siempre dijimos, mandarle para adelante”.
Porque en los Narváez la vida siempre se organizó colectivamente. Cuando uno necesitó algo, otro estuvo ahí. Los hijos crecieron colaborando, cuidándose y ayudando en la casa.
“Siempre tratamos, con lo justo, pero de donde sea nosotros siempre la luchamos”, dice. “Cuesta creer que comienza una nueva vida. Yo creo que es un nuevo comienzo”.
El 5 de agosto, el IDUV realizó el sorteo de 20 viviendas en el Salón de Sorteos Antonio Salvatori de Lotería para Obras de Acción Social (LOAS), como parte de un nuevo mecanismo para transparentar el acceso entre las familias que cumplían con los requisitos y habían alcanzado los puntajes establecidos.
Diez de esas viviendas correspondían a postulantes con 50 puntos. Los Narváez estaban en ese primer grupo, y Florencia cuenta aquel momento como si todavía estuviera ocurriendo.
La noche anterior había ilusión, pero también cautela. Después de tantos años esperando, aprender a no entusiasmarse demasiado también había sido una forma de protegerse de otra decepción.
Florencia, era la más ansiosa. “Yo ya apenas me levanté estaba: ‘Ay, por favor, por favor’. Empecé uno por uno a levantarlos”.
Ian estaba en la escuela. Mónica trabajando. Frente a la transmisión quedaron Alcides, Florencia y Nicolás.
Los números comenzaron a salir y el de ellos no aparecía.
Nicolás estaba siguiendo la transmisión desde su habitación y su celular tenía algunos segundos de adelanto respecto de la pantalla que miraban los demás.
Entonces se escuchó un grito. “¡Ganamos, ganamos!”. Nicolás salió corriendo de la habitación. Cuando finalmente vieron el apellido Narváez en la pantalla, “quedamos en shock porque no se podía creer”, recuerda Florencia.
También recuerda, con emoción que durante toda su vida, prácticamente nunca lo había visto llorar a su papá, pero ese día los tres terminaron abrazados y llorando.
Después llegaron las lágrimas, los llamados y una sensación que todavía hoy les cuesta transformar en realidad.
“Siempre era ese sueño lejano”
Durante años, mientras compartían una comida, los Narváez imaginaron cómo sería tener su propia casa.
“Siempre nos sentábamos a comer y ese sueño de decir: ‘¿Te imaginás cuando estemos ya en la casa, con nuestras cositas? Un sueño lejano”.
Esta vez, la posibilidad no dependió de conocer a alguien ni un favor. Las familias fueron ordenadas de acuerdo con el puntaje alcanzado y participaron de las rondas correspondientes. Los Narváez tenían 50 puntos y su posibilidad se resolvió públicamente mediante el azar.
Para Florencia, eso también tuvo un significado especial.
“Para mí esta vez fue más transparente porque justamente en un sorteo nos toca. Es algo de no creer porque nosotros siempre sentíamos que nunca nos llegaban las cosas y, justamente, entre 20 casas salimos nosotros”.
La historia trascendió la intimidad familiar después de que Florencia compartiera en redes sociales la felicidad por el resultado del sorteo.
La publicación comenzó a recibir comentarios, felicitaciones y muestras de cariño hasta alcanzar una difusión que la familia no esperaba. Quizás porque, detrás de los Narváez, muchas personas reconocieron una historia cercana. Hay muchas familias Narváez en Santa Cruz.
Familias que tienen hogar, pero todavía esperan una casa
Una casa propia no es solamente una construcción. También representa seguridad, arraigo y la posibilidad de proyectar el futuro.
Para los Narváez, además, esa casa será el espacio definitivo de un hogar que construyeron mucho antes de tener paredes propias. Todos colaboran. Todos aportan. Todos se acompañan.
Florencia lo resume en una frase que define a la familia: “Siempre vamos todos juntos. Así somos los Narváez y la gente nos conoce así”.
Por eso, para ellos, la vivienda no viene a crear un hogar. El hogar ya estaba. Lo que cambia ahora es que, después de 23 años, tendrá un lugar propio donde echar raíces.