El silencio es un golpe que cae… Por Sara Delgado

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Era el año 1978. Héctor “El Gato” Ossés se sentó encorvado sobre la cama de colchón flaco de la cárcel de Trelew, forzando la vista con la luz que entraba desde una ventana. Luchaba con el papel de metal que forra la parte interna de la caja de cigarrillos hasta que peló la lámina de plomo y fue una hoja blanca. Los guardias gritaron y otros hombres fueron sacados por la fuerza. A algunos no los volvería a ver, eran apenas barro con aliento, iban dejando una estela. Ossés, preso político, tomó una lapicera y escribió una canción.

Como a muchos otros militantes, lo habían detenido las fuerzas de seguridad en una suerte de Santa Cruz paralela que ya entonces sabía engullir las verdades incómodas. No se pensaba que los crímenes de la dictadura instaurada en 1976 alcanzaran ese territorio enclavado entre cordilleras y playas de cormoranes y gaviotas luminosas. En la Santa Cruz de auroras sanguinolentas y campos de huesos de huelguistas fusilados, no había centros clandestinos de detención ni operativos para reventar casas. Había despidos, persecución, listas negras, detenidos y liberados que, en algo andaban. Sólo eso se sabía.

En lo que andaba Ossés, peronista, poeta y cantor, era en la conducción del sindicato de Gas del Estado en la ventosa Pico Truncado. Por eso, algunos de sus compañeros y él aparecieron en el radar marcial. Se lo advirtieron, intentó huir sin estrategia, pero llegó hasta la ciudad de Puerto San Julián y decidió entregarse.

En la cárcel de Trelew, donde seis años antes se habían fugado dieciséis militantes de la resistencia luego fusilados, se comía poco, el abrigo resultaba escaso para las temperaturas que congelaban las raíces de los dientes, y el aislamiento era extenso. “La cosa estaba pensada para aniquilarte la voluntad de sobrevivir”, contó para esta crónica.

Su mujer e hijos chiquitos colgados en brazos golpearon puertas de oficiales, comisarios y de jueces, junto a otras esposas igual de desconcertadas. Mujeres que de pronto se encontraron solas y a la intemperie de la vergüenza provocada por las miradas sobre los hombros, el cuchicheo.

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En 2017 la entonces candidata a senadora Cristina Fernández dio una entrevista al diario El País. Le preguntaron por qué habiendo sido ella abogada junto a Néstor Kirchner no presentaron habeas corpus por los detenidos ilegales en la dictadura. “Porque vivíamos en Santa Cruz y allí no había desaparecidos” fue la respuesta, que parece inverosímil si no se conoce el contexto histórico de esta provincia.

Como cuando la marea baja y desnuda cientos de pozos dentados, el silencio en Santa Cruz tiene numerosos baches antidemocráticos que sobrevinieron a los conflictos políticos. Hasta 1983 hubo diecisiete gobernadores de facto, nueve de ellos tras la provincialización de 1956. En tiempos de democracia la cosa no fue mejor. Por juicio político Santa Cruz sacó a dos gobernadores y a un vice. La mayor sucesión de mandatos de facto se dio durante la proscripción del peronismo a lo largo de 18 años.

Miguel Ángel Muro era el gobernador militar cuando la madrugada del 18 de marzo de 1957 seis presos políticos arrestados durante el golpe del ‘55 que derrocó a Perón se fugaron de la cárcel federal 15 de Río Gallegos, provocando un acto de resistencia fundante. Eran Héctor Cámpora, el empresario Jorge Antonio, José Espejo, Pedro Gomiz, Guillermo Patricio Kelly y John William Cooke, heredero político de Perón, quien desde el exilio le escribía cartas al penal y como voz seca al oído le sugería la lucha armada como vía de insurrección.

Uno de los colaboradores de esa fuga fue el peronista Jorge Cepernic, que en 1973 se convertiría en gobernador. Su triunfo con la fuerza de la Tendencia (ala izquierda del peronismo) coincidió con el tiempo en que Perón comenzó a anclar su discurso en el ala más conservadora.

En un clima de violencia política constante y ante la negativa de Perón a su proyecto de expropiar tierras santacruceñas en manos de la corona británica, Cepernic se quedó sin apoyo más que el de los revolucionarios. Desde mitad de 1974, Santa Cruz vivió una escalada de enfrentamientos armados de los que se habla y escribió poco, que incluyeron secuestros y muerte. Cuando en julio de ese año murió Perón, una de las primeras medidas de su esposa, Isabel, y su sombra, José López Rega, fue convertir a Santa Cruz en la primera provincia patagónica intervenida. ¿El argumento? Era una provincia montonera.

“¡Ciudadano de Santa Cruz: colabore con las Fuerzas del orden!” Rezaba la leyenda final de los comunicados oficiales que advertían: “La Patria está en peligro. Enfrentamos a un enemigo que reniega de nuestro pasado histórico, social y cultural y que además pretende imponernos, mediante el crimen, un régimen ateo, materialista y despótico”.

Santa Cruz es una provincia de 65 años donde suele decirse que tiene “todo por hacer”, pero ¿cómo lograrlo sin mirar al pasado?

Para el docente e historiador, Miguel Auzoberría, la falta de conciencia sobre el horror estatal en la provincia de polvo estrellado de carbón, plata y crudo petróleo en la que Perón pasó la infancia, se explica ciertamente por la construcción del Estado militar en la región.

“Desde la época en que eran jurisdicciones nacionales antes de su provincialización en 1956 las fuerzas armadas fueron las que moldearon a las sociedades patagónicas. Si un vecino tenía un problema, iba a un regimiento o a una base militar, no a un concejo deliberante ni a ver a un intendente para resolverlo”, dijo.

¿Cómo se explica acaso que dos intendentes de la dictadura buscaran funciones políticas en democracia?

“Creo que los argentinos tenemos un deber claro que cumplir en esta hora. Unir esfuerzos para que triunfe el Proceso de Reorganización Nacional porque es el camino que nos permitirá acrisolar la patria que soñamos, una Argentina en orden protegida por la libertad y la democracia. Con ese convencimiento he aceptado estas funciones”, fueron las palabras de Ángela Sureda, intendenta de Río Gallegos impuesta por la dictadura genocida, quien al igual que Carlos Prades, intendente de facto de Caleta Olivia, más tarde sería candidata de la democracia.

Era natural que gobernaran los militares, y mientras lo hicieron, Santa Cruz vivió la experiencia Malvinas. El rugir de los Mirage, las sirenas, los apagones para hacerse invisible al radar enemigo, simulacros de estudiantes debajo de los pupitres y las cartas de aliento a los soldados, son parte de una memoria activa, romántica y selectiva sobre los años negros.

Andrés Fernández Cabral estuvo en las primeras líneas de combate. “Cuando fui no se hablaba de dictadura, de desaparecidos ni de dictadores. No sabía qué era eso. Sentía que ir a Malvinas era una obligación, mi deber, y en Santa Cruz realmente parecía que no pasaba nada. El nivel de censura y de silencio probablemente tenía que ver con la instalación de las fuerzas armadas en una ciudad como Río Gallegos, donde permanentemente eran protagonistas de la sociedad. La sensación era real, que acá no pasaba nada”, contó el veterano de guerra que en las elecciones de 1983 fue autoridad en una mesa donde solo faltaron dos votantes. Luego festejó con amigos en un pool. “Estábamos sin la bota encima, estábamos liberados, ahora nosotros éramos los protagonistas”.

“Compañeras y compañeros, habla el presidente del Ateneo, Néstor Carlos Kirchner”, dijo en 1983 una joven Cristina Fernández de cabellos negros y lacios, para darle el micrófono a su marido, presidente del Ateneo Juan Domingo Perón, fundado luego del reemplazo de Jorge Rafael Videla por Roberto Viola, en 1981.

“Siempre repudiamos a la dictadura militar, siempre dijimos que Videla, Massera y Agosti, y todos los sinvergüenzas que vinieron después, iban a ser sentado en el banquillo de la justicia constitucional para que respondan ante tantos abusos y ante tantos crímenes cometidos acá durante la dictadura”, dijo un Kirchner cachetón frente a la militancia que vitoreó: “Se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar”.

Pero, acá no se pedía explicaciones por ningún desaparecido, acá solo gobernaban militares como tantas otras veces en la historia de la provincia.

Antes de que Reynaldo Bignone llamara a elecciones, Río Gallegos fue otro de los puntos donde se hizo una marcha de la multipartidaria. Cientos de afiliados a los principales partidos políticos de Santa Cruz se reunieron para que el gobierno genocida habilitara una salida democrática.

El 30 de octubre de 1983, después de diez años de haber ido a las urnas por última vez, Santa Cruz eligió como gobernador con el 55.71% de los votos al peronista Arturo Puricelli. Fue el primero desde 1958 que terminó su mandato. “Ese día fui fiscal de mesa y la gente se agolpaba en las puertas para poder entrar a votar. Hubo mucha participación”, contó el historiador Auzoberría.

En las presidenciales también ganó el peronismo en Santa Cruz. Ítalo Lúder se impuso por escaso margen. Luego, el presidente Raúl Alfonsín visitaría la provincia en varias oportunidades. Para el centenario de la capital provincial en 1988, trajo en su comitiva a Carlos Menem.

Todavía de los ausentes nadie hablaba. No tenían nombre ni se les conocía cantidad, y esto tiene que ver con que a la mayoría los secuestraron en otras provincias, sobre todo en Buenos Aires, donde estudiaban. Existen solamente dos excepciones a esa regla, un ciudadano español desaparecido por las fuerzas policiales de Río Gallegos y una adolescente de Caleta Olivia que iba al colegio industrial. Por ambos se presentaron habeas corpus que todavía tiene la Justicia Federal.

Ricardo Villagra, que hizo su tesis de comunicación sobre los desaparecidos de la provincia, contó que “si uno hasta 2013 googleaba la palabra ‘desaparecidos’ de la provincia, solo encontraba a Ricardo Cittadini, detenido en La Plata. Pero no existía un lugar donde ver la lista de nombres chequeados”. Para conseguirla, Ricardo acudió al Archivo Nacional de la Memoria.

Cuando Alicia Kirchner asumió en 2015 como la primera gobernadora mujer, se inició un tiempo de recuperación de la memoria, tanto del genocidio que comenzó en el ‘76 como de las huelgas durante la Patagonia rebelde de 1921, otro tabú. Nadia Astrada, su secretaria de derechos humanos en las dos gestiones, contó para esta crónica que lo que hicieron fue revisar la lista de desaparecidos y desaparecidas, y “trabajar en el nexo con las huelgas, analizando el modelo social-económico que implicó en su momento la dictadura, y la importancia de la justicia en el presente para poder construir un futuro diferente”. Así, se crearon áreas como la Dirección de Memoria, Verdad y Justicia y se dio lugar a una Comisión Provincial por la Memoria, que integran distintos organismos.

Gracias a ese trabajo se sabe hoy que además de Cittadini, los detenidos desaparecidos de Santa Cruz son Juan José Antúnez Ruiz, Miguel Ángel Hoyo, Andrés Armendáriz Leache, Pedro Llorente Serrano, Juan Carlos Rosell, Viviana Admetlla, Adriana Barcia, Daniel Toninetti, Inés Uhalde, Héctor Irastorza, Reinaldo Rampoldi, Delmiro Villagra, Margarita Delgado y Oscar Walmir Montoya, pareja de Laura, la hija de Estela de Carlotto, que recuperó a su nieto en 2014.

La mayoría de estos casos fueron juzgados en Buenos Aires y condenados los responsables. Todos padecieron tormentos en campos de concentración como La Cacha y ESMA. A más de la mitad se los enterró como NN. Tan poco era lo que se conocía de todo esto en el sur, que hay casos como el de Margarita Delgado, de Las Heras, a quien le robaron a sus dos bebés y la familia nunca la buscó. No se animaron.

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Poco después de su liberación, después de volverse ajeno y de que sus hijos lo mirasen con ojos de constelaciones silenciosas, Héctor Ossés sacó su guitarra en una reunión y mientras cantaba “El hombre común”, la canción que escribió en la cárcel, notó que una mujer ex-presa política como él sabía la letra. Entonces corroboró que esa y tantas otras cosas escritas en los calabozos circularon también por las demás cárceles.

Ossés, por esas cosas del destino, nació en Perito Moreno un 24 de marzo, día instituido para la Memoria. Publicó libros, se casó de nuevo, sacó más discos y hoy es considerado una de las figuras más importantes de la cultura patagónica. Fue asistente técnico y artístico de la Secretaría de Cultura de la Nación y de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, conferencista de las universidades de Santa Cruz y de Chubut, fundador de festivales y varias veces reconocido por su trayectoria.

“Una vez escribí que el olvido es una especie de pastilla que se toman los pueblos para no sufrir. En Santa Cruz existe la misma gente que cree que no pasó nada en dictadura, que la niega, que niega los desaparecidos detenidos. Hay un gran sector de la población que dice ‘a mí nunca me molestaron’. Es eso”, dice Héctor Ossés.

Solo así se explica -tal vez- la desnudez de la memoria, el silencio que nos libera de la presión de los hechos.

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