«Caleta Olivia, el latido interior». Por Héctor Raúl “Gato” Ossés

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Esta nota fue escrita para un diario papel, cuando los diarios digitales recién se estaban asomando a los medios de comunicación. La recordé ayer, la volví a leer y creo que vale la pena publicarla en Voces y Apuntes.

Las ciudades nacen tan endebles, tan frágiles, como aquella Santa María del Buen Ayre de Don Pedro de Mendoza. Ninguna viene con el Cielo incorporado ni tiene pase libre, ni llegará sin daño a ningún lado porque la indemnidad no existe. Tendrá que andar camino.

Sin embargo, hoy, aquella frágil Santa María es la megaciudad que todos conocemos.

Quizá, juzgando esa desmesura, a Borges se le hacía cuento que nació Buenos Aires, le parecía tan eterna como el agua y el aire.

Es probable que aquel que plantó la primera casa nunca haya pensado que crecería aquí una ciudad; porque no hubo Plaza Mayor ni árbol de justicia, ni cabildo, ni escribano, ni dos alcaldes ordinarios, ni demarcación ni distribución previa de solares (es decir la clásica fundación española). Su establecimiento no respondió a decisión política, a estrategia, a conflicto, o a planificación alguna. A mí me parece que Caleta es hija del azar y la fortuna.

Y desde entonces están con la otra ciudad disputándose el Golfo San Jorge. Compiten, se miden. De noche se encienden con luces de neón, se prenden de amarillo, de naranja. Se ponen rojizas a lo lejos, empapadas por la bruma nocturna, respirando los mismos olores, el mismo gusto a sal.

Golpe a golpe.

Las ciudades son móviles, se modifican, se ensanchan, crecen y van de la primera a la segunda calle de la calle a la avenida de la avenida a la plaza. Las fronteras de las ciudades están siempre en movimiento y en el breve suspiro de cien años atraviesan la planicie y trepan las lomas mas lejanas, bajan por el otro faldeo y trepan la loma que sigue, al sur y al norte, y al oeste. Hay un solo punto cardinal con pacto fijo: el este. La ciudad se compromete a no abordar el mar sino a través de naves o muelles y escolleras.

Entre todos aquellos que vinieron a fundarla eligió a uno, el petrolero, y lo entronizó en el lugar desde donde parten calles en todas direcciones. Es que ella creció al compás de golpes por minuto, de kilos por centímetro cuadrado, de líquidos en movimiento. Al ritmo de rotación y traslación. Aunque no olvida el ir y venir de las mareas.

Caleta – latido – caleta – latido – caleta – latido.

Cuando los pasos del insomne hacen crujir las piedras de la playa, moliendo valvas de moluscos y crustáceos, otro insomne enciende la luz para mirar la hora. Siempre habrá alguien despierto para asegurar la existencia de la ciudad.

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