Nazario Araujo y el recuerdo del horror

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El exatleta comodorense no solo fue el primer chubutense en participar en los JJ.OO, sino que también fue testigo de la mayor tragedia en la historia olímpica, en Munich 1972. «Han pasado 49 años y aún mantengo en la memoria instantes de lo vivido», confesó sobre la infausta madrugada de aquel 5 de septiembre.

La Masacre de Munich es considerada la mayor tragedia en la historia de los Juegos Olímpicos. El 5 de septiembre de 1972, un grupo de terroristas palestinos conocidos como “Septiembre Negro” secuestró y asesinó a once deportistas y entrenadores de la delegación israelí.

Por primera vez, un chubutense llegaba a la cita olímpica. Nazario Araujo, de Comodoro Rivadavia, era uno de los representantes argentinos en la disciplina de Maratón y fue testigo de los sucesos a escasos metros de donde se alojaba la delegación de Israel.

La Villa Olímpica en la que estaban alojados los equipos, fue organizada por el Comité Olímpico Alemán y habían cedido a las delegaciones que participaban de los Juegos unos departamentos que contaban con todos los lujos de la época.

Dan la circunstancias de la vida que nosotros teníamos un primer piso con comunicación al resto de las delegaciones”, comenta Nazario en diálogo con el Departamento de Prensa de Chubut Deportes.

“Allí, yo tenía una parte de dormitorio, el comedor y una biblioteca con un ventanal inmenso, que daba justo frente a los departamentos de la delegación israelí. Así que a la mañana abríamos la ventana, salíamos al balcón y nos cruzábamos constantemente saludos y abrazos. Estábamos en contacto permanente con el resto de los deportistas”, rememora.

El edificio en el que se encontraba el seleccionado argentino se ubicaba junto a países sudamericanos y frente al suyo, estaba Israel. “Compartíamos todos los días con ellos: el almuerzo, la cena, los entrenamientos que hacíamos juntos. Porque la hermandad olímpica se naturaliza tanto, porque a pesar de que no entendamos el idioma de cada nación, el deporte es universal”, recuerda Araujo.

Los días previos al 5 de septiembre fueron únicos, según el propio Araujo. “A las 5 de la mañana era la hora que nos levantábamos para ir a entrenar. Teníamos el campamento de entrenamiento en Nymphenburg, un castillo medieval del S. XVI, habitado por reyes y gobernantes de la Bavaria en ese entonces. Teníamos un campo de entrenamiento espectacular, donde entrenábamos todos juntos. Fondistas de Sudamérica, Europa; nos juntábamos todas las mañanas, alrededor de 30 fondistas de todo el mundo”, evoca.

LAS MEMORIAS DE UNA MADRUGADA TRAGICA

“La noche anterior habíamos compartido una de las tantos buenos recuerdos con los israelíes: charlas, viendo videos de antiguos Juegos Olímpicos, compartiendo al lado de esa gente maravillosa”, cuenta Nazario.

Junto a los atletas argentinos estaba el periodista Alejandro Martí, quien estaba cubriendo los Juegos para la Revista Siete Días (Martí trabajó en la revista hasta el año 1974) y los deportistas lo habían invitado para convivir en la Villa Olímpica.

Fiel a su rutina, Nazario se levanta a la hora programada para entrenar. “Ese 5 de septiembre, a las 5 de la mañana, estábamos todos levantándonos con Alejandro y un camarógrafo de la revista. Yo abro la ventana, corro las cortinas y vemos que en las verjas altas que tenía la protección de la Villa Olímpica, saltaban para entrar al predio donde teníamos los departamentos”, grafica.

En un primer momento, a Araujo no le llamó demasiado la atención el movimiento de estas personas, ya que traían indumentaria de deportistas y pensó que era un grupo de atletas.

“Pensamos que era normal eso, porque siempre se cruzaban los atletas de un lado para el otro, muchos hacían amistad o noviazgos con otras delegaciones; estábamos acostumbrados a verlo, así que era natural. Esta gente entró vestida de deportista y con una agilidad espantosa, como trepaban el alambrado y saltaban. Caían de 3 o 4 metros al suelo, verlos era un espectáculo”, asegura.

Quien reacciona y divisa las armas que portaban fue el periodista Marti. “Alejandro estaba acostumbrado a observar con su óptica, que no la teníamos nosotros, y ahí nos indicó: ‘chicos, apaguen las luces, que no quede nada prendido, cierren las ventanas y acá hay que observar a través de los cortinados sin hacerse ver’”, relata.

Los departamentos israelíes estaban a escasos 8 metros de donde estábamos nosotros; ahí es cuando avanza el grupo denominado Septiembre Negro y avanza directamente a donde estaban alojados los atletas de la delegación israelita”, señala.

Escondido detrás de las cortinas de un ventanal, Nazario fue testigo de cómo el entrenador del equipo nacional de Lucha de Israel, Moshé Weinberg, se enfrenta a parte del grupo terrorista y pese a recibir un tiro, continúa peleando para finalmente sufrir una herida mortal de arma blanca.

Tras la muerte del entrenador, los terroristas tomaron de rehenes a 9 integrantes del equipo y dejaron el cuerpo sin vida de Weinberg fuera del edificio. “Fue muy triste ver esa escena, estar cerca y más que nada tras compartir tantos días al lado de nosotros”, lamenta Nazario.

Lo que siguió a esto, fueron negociaciones fallidas entre las fuerzas de seguridad y los integrantes del grupo armado palestino y, finalmente, la muerte de los nueve rehenes, un oficial de la policía de Alemania Occidental y cinco de los ocho terroristas.

LA CONTINUACION DE LOS JUEGOS

“Nosotros teníamos que tomar las cosas con calma. Después de esa escena no pudimos salir, hubo un duelo de varios días, hasta que pudimos despedir a los atletas en la Pista Olímpica de Munich”, rememora.

En la despedida participaron más de 3.000 atletas y entrenadores que formaban parte de las delegaciones y 80.000 personas del público.

Luego de la tragedia del 5 de septiembre, sorpresivamente los Juegos Olímpicos de Munich 1972 continuaron. La entonces primera ministra de Israel, Golda Meir, realizó un polémico discurso en el cual incentivaba a los deportistas a no ceder ante los terroristas y los Juegos reanudaron sus actividades 24 horas después.

“Esos días tuvimos que seguir con nuestras rutinas, entrenamientos, con una congoja propia tras una tragedia como la que vivimos”, recuerda Nazario, quien corrió el Maratón el 11 de septiembre de 1972, se convirtió en el primer chubutense en participar y ser testigo de la mayor masacre en un Juego Olímpico.

Fuente: El Patagónico / Chubut Deportes.

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