Hace aproximadamente nueve mil años un grupo de cazadores recolectores expresaron su voluntad de establecer aquí, en esta parte de la Patagonia, lo que no podían imaginar que sería una provincia. Tenían las manos para hacerlo.

En los aleros del Cañadón del Río Pinturas, en la estancia La María y otros frisos, quedó registrado, al modo rupestre, el voto afirmativo de los constituyentes ancestrales. Era el soporte de la época. Ya se verá, dentro de nueve mil años, si logran sobrevivir los libros, los cd, los cuadros del Museo de Louvre, los del MOMA, los celulares, etcétera.  Si la web sobrevive, hablo de la www (World Wide Web) la ancha red del mundo.

Quizá, sólo por orden de deriva (venían de norte a sur), el Cañadón del Pinturas fue sede de la primera asamblea y no sería descabellado pensar que ocurrió también un 28 de noviembre, expresado en términos del almanaque.

Es que el verano estaba cerca, la glaciación había terminado no hacía mucho en términos universales (mil, dos mil años) y el ambiente del Cañadón era propicio para deliberar y dejar establecido allí la aprobación unánime antes de continuar el viaje siguiendo a los guanacos y a los choiques.

Muchos miles de años después llegaría Hernán Cortés a Mesoamérica y un poco mas tarde Francisco Pizarro a la región andina. Aquí llegaría Magallanes y su cronista, Antonio Pigafetta, escribiría que el Capitán nos llamó “patagoni” porque le recordábamos a un héroe de novelas de caballería que estaban de moda en la Península. El que domina, nomina.

Nunca sabremos el nombre que le daban a esta tierra aquellos hombres. Los nombres actuales son recientes: Patagonia, Santa Cruz.

El mensaje de las manos tiene la contundencia del color, de la forma y de la piedra. Tiene caracú, sangre, pigmento de la tierra. Las firmas en un papel pueden desaparecer, pero las manos, el propósito de esas manos, no va a desaparecer.

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