La lealtad es un sentimiento difícil de aprehender.

La Lealtad no es con las personas, no es con los personajes que aparecen en el diario. Es un sentimiento que nos adhiere a otro sentimiento. Es inasible para el simple lector de diarios comprometido, sólo, con la superficie de los acontecimientos. Es que el voyeur no la puede sentir: el voyeur ve las cosas deformadas por el ojo de la cerradura.

Hay otro término de la sociología, también, que identifica este tipo de observadores asépticos, mirones, oteadores desconfiados: flaneur.

El que mira la Lealtad parado sobre su cajoncito de manzanas, no la puede ver.

La Lealtad no es oportunista. Es constante. Interminable.

La lealtad no crece desde el pie, crece desde mucho más abajo del pie. No tiene techo. Es inmensa; y para tocarla hay que tener una conexión que no es precisamente la banda ancha.

El amor para siempre es un amor que no está destinado al amor individual. El amor de la lealtad es un amor despojado de requisitos; no es utilitario (pero acepta la magia del regalo), no mide, no mensura, no alambra, no entra en los incisos del amor amarrete.

Muchos se iniciaron en la Lealtad el día que les cayó una pelota de fútbol en las manos, arrojada desde un tren. O el día que abrieron una encomienda que llegaba a cualquier lado (aún al campo) por la magia del correo.

Las netbooks tenían, también, una conexión directa con la Lealtad.

La Lealtad es un sentimiento invicto.

Por Héctor Raúl «Gato» Osses.

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