El domingo 14 de julio se cumplirá un nuevo aniversario de la Revolución Francesa. Nada menos que 230 años del acontecimiento histórico que marcó el origen de los principios de los derechos humanos en el mundo, y que representó un fuerte impulso para las democracias y para el sistema republicano de división de poderes.

REVOLUCIÓN FRANCESA. Fue un conflicto social y político, con diversos periodos de violencia, que convulsionó Francia y, por extensión de sus implicaciones, a otras naciones de Europa que enfrentaban a partidarios y opositores del sistema conocido como el Antiguo Régimen. Se inició con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional en 1789 y finalizó con el golpe de estado de Napoleón Bonaparte en 1799.

Si bien, después de que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, la organización política de Francia durante el siglo XIX osciló entre república, imperio y monarquía constitucional, lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del feudalismo y del absolutismo en ese país,​ y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, apoyada en ocasiones por las masas populares, se convirtió en la fuerza política dominante en el país. La revolución socavó las bases del sistema monárquico como tal, más allá de sus estertores, en la medida en que lo derrocó con un discurso e iniciativas capaces de volverlo ilegítimo.

Según la historiografía clásica, la Revolución Francesa marca el inicio de la Edad Contemporánea al sentar las bases de la democracia moderna, lo que la sitúa en el corazón del siglo XIX.

Los lazos históricos, culturales y económicos de Francia con la Argentina son profundos desde el nacimiento de nuestro país, marcado por la francofilia de sus próceres y de sus intelectuales, como Mariano Moreno, Esteban Echeverría o Domingo Faustino Sarmiento, entre otros.

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