Al día siguiente de ver Titanic, año 1998, (no creo en las casualidades) di con un libro que no conocía: “Balsa 44, relato de un sobreviviente del Crucero A.R.A. General Belgrano” de Carlos Alberto Waispeck, Editorial Vicinguerra. Lo leí en un par de horas. Para que no faltara otra vuelta de tuerca, encima de mi escritorio estaba un libro de Gabriel García Márquez junto con otros que pensaba leer: “Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber .…..”. En aquel momento escribí esta nota que vuelvo a publicar con algunas modificaciones. Encontrarla es encontrarme a mí mismo, de repente, como a esos recuerdos de las redes que aparecen programados por los algoritmos.

Parecido y diferente.

Nuestra memoria íntima nos dibuja un caballo. Nuestros héroes fueron héroes a caballo; las estatuas, casi siempre, son ecuestres y así, mientras que a Martín Guemes lo recordamos de memoria a Hipólito Bouchard tendríamos que buscarlo en un diccionario enciclopédico. Para el pueblo americano, el que viene del mar viene en son de guerra (ya lo sabíamos antes de que Hernán Cortés llegara a Méjico).

Carlos Alberto Waispeck es de La Pampa, tiene 36 años, embarcado en la balsa N° 44 sobrevivió al hundimiento del Belgrano, fue presidente del Centro de Veteranos de guerra y en 1994 publicó este relato del cual extraeré algunos párrafos (no sólo para comparar similitudes y diferencias con la película y el relato de García Márquez, sino para forzarse a no olvidar a estos hombres que lucharon y sufrieron tan cerca de nuestras costas).

Balsa 44.

Creo que todas las partidas de un gran barco son parecidas… y diferentes. El Titanic iba hacia Nueva York en un viaje de lujo y de placer. El Belgrano iba a la guerra.

Escribe Waispeck en las páginas 51 y 52: “El viernes 18 (1982), a las 12,30, la sirena del Crucero General Belgrano sonó con toda su potencia para decirle a todo el pueblo allá vamos. Mirábamos el puerto, a los compañeros que nos saludaban con los brazos en alto, los edificios que se iban desdibujando, el rumor de las voces que cada vez se asemejaban más a un susurro…”

Leonardo Di Caprio, parado en la baranda de la proa del Titanic junto a su compañero italiano mira como un grupo de delfines viaja a gran velocidad delante del barco haciendo toda clase de destrezas. Entonces abre los brazos, el viento se embolsa en su camisa y grita con todas sus fuerzas, ¡Soy el rey del mundo!

En “Balsa 44” Waispeck dice: “A los costados del buque unos simpáticos peces que emergían del agua, arqueados y elegantes, giraban sobre sí y volvían a internarse en el mar. Repitieron esta especie de encantadora danza un largo trecho, acompañando nuestro viaje.”

Cuando el Titanic chocó contra el iceberg los pasajeros tomaron conciencia de la posibilidad del naufragio (que ocurrió dos horas después) luego de muchos minutos de incredulidad.

Pero en el Belgrano fue diferente: “De pronto escuchamos una gran explosión. Todo el buque se conmovió. Tembló como si lo hubieran golpeado en el centro mismo de su columna vertebral. Yo, creo que por mantener hasta el final la ilusión de queda podía pasar me dije “chocamos”, pero, en ese preciso instante hubo otro estruendo, una sacudida tan violenta que nos arrojó, con furia, contra uno de los lados del puente. Ya no había lugar a dudas: nos estaban atacando. El primer impacto fue mortífero, levantó al buque del agua, arrancó los generadores de emergencia de sus anclajes y produjo una ola de calor que atravesó la nave. La letal combinación entre el calor y la fuerza de la explosión causó la mayor parte de las bajas /// no conocí el infierno del Dante, pero creo que no debió ser distinto a lo que era el General Belgrano en aquellos momentos.”

Y aquí veo cierta similitud con la suerte corrida por el náufrago de García Márquez: dice Carlos Alberto Waispeck sobre el regreso y las reacciones de la gente “/// aquellos que exhibían las señales inequívocas de un enfrentamiento desparejo y casi suicida, debían ser ocultados. Nadie estaba preparado para el advenimiento de este nuevo grupo humano al que se denominaba “ex combatientes”. Nuestros contemporáneos no tenían experiencia alguna acerca de las características de estos jóvenes que, no siendo militares de carrera, no habiendo elegido tomar las armas como una herramienta de trabajo diario, empuñaron fusiles, cavaron trincheras, y cargaron a sus muertos”.

El recuerdo y el olvido.

Que es el olvido ¿acaso la terapia de los pueblos? o tal vez un recurso mezquino de la sociedad organizada. Por alguna razón los veteranos y los muertos de Malvinas aún permanecen en el inmenso desván de la memoria de su pueblo. Y cuando uno dice desván no quiere decir exactamente olvido pero, los recuerdos deberían estar más a la vista.

Comentarios

comentar