Por Héctor Raúl “Gato” Ossés

                                                                                             “Un camino de mil leguas, comienza con el primer paso” (Lao Zi, circa siglo VI a. C.)

Apenas nos pusimos en dos pies
y nos vimos en la sombra de la hoguera
escuchamos la voz del desafío.

Siempre miramos el río pensando en la otra ribera”

(Jorge Drexler)

El camino es la sed de los viajeros, una sed que –al fin- el viaje no termina de saciar. Tal vez la necesidad acuciante de andar sea el resultado de observar la continuidad de los ríos. Si bien el camino del agua está determinado por cuestiones de nivel, la condición hidráulica no le quita lo mágico, no le quita animismo. Creo que es muy difícil decir Amazonas, Mississippi, Nilo, Río Amarillo, sin otorgarles un aliento que salta por encima de la orografía, de los relieves. Decir sus nombres implica involucrarse en el caudal, en el cauce, pronunciarlos con la certeza de que el agua que viaja es cuerpo y alma.

Enormes viajeras las avutardas que, en algún momento trascendente, antes de que llegue el invierno,  sintonizan un mismo rumor y se reúnen en un valle cordillerano de la Patagonia; luego de algunas salidas exploratorias parten numerosas, con su GPS genético, hacia algún lugar del norte donde –rutinarias- se reunirán para regresar. (1)

Las golondrinas vuelan más de mil leguas en cada migración.

Los salmones inician su viaje desde las aguas tranquilas donde nacieron –y donde mueren los viejos salmones- y viajan a lo largo del río hasta llegar al océano. Luego de navegar aguas saladas durante el tiempo que su programación les tiene señalado, regresan al mismo río y lo remontan hasta llegar al lugar desde donde partieron.(2)

Las migraciones terrestres son hijas de la gran migración humana que se inicia en África y termina, por así decirlo, en Tierra del Fuego luego de habitar en diversas regiones del planeta. ¿Fueron 200.000 años? O quizá 50.000. Sólo sé que el cazador recolector llegó a América hace 30.000 años y que los pintores de la Cueva de las Manos ya estaban aquí hace 9.000.

Ya sea por los rastros y mutaciones que se produjeron en el genoma a raíz de ese gran viaje, por la observación de los ríos los peces y las aves, creo que la sed de andar es un síntoma incurable. Sin embargo, Eric Hobsbawn (2012) afirma que hasta 1789, salvo militares y altos funcionarios, los hombres no viajaban. Nacían y morían en su aldea.

Pero para esa fecha, los navegantes ya habían dibujado las costas de todos los océanos. Mucho antes,  en 1271, Marco Polo salió de Venecia en busca de China; regresó y escribió el relato. La narración completa al viaje, lo pone en escena. El libro es un complejo universo de voces vagabundas y errantes, de ecos y afirmaciones; el viaje entra en el terreno de la magia, de la fantasía (como lo grandes ríos y el viaje del salmón, la avutarda y la golondrina).

La ‘ancha’ y mundial red, www, recibe a los nadadores de ojos grandes bien abiertos -como los ojos de los peces- que recorren el espacio infinito de conocimiento a la carta.

Un proyecto de publicaciones con el título de “Un viaje de mil leguas ….” empieza con la primera nota, precisamente con este prólogo.

1.      Ver “La avutarda de Apeleg” (Asencio Abeijón)

2.      “Junto a la aldea fluía el río, como el tiempo, como la vida misma, esperando que llegara El Nadador y remontara la corriente hasta encontrar el punto máximo de su intrépida vida, el punto para el cual había sido concebido.” (Párrafo que cito de memoria de un libro de Margaret Craven “Oí que pronunciaba mi nombre”).

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