Creo que junto al Padre nuestro aprendimos la marcha peronista, es algo que recuerdo desde siempre. Ir a misa con mamá y a la Unidad básica con papá, esto en el contexto de un pueblo chico, en el norte de Santa Cruz, al límite con Chile; donde se ubica la chacra de Rafael “Cholo” Agüero, la “17 de Octubre”.

Mi viejo nació dos años después de aquel octubre del 45, día en que surgía un movimiento político que tiene sus bases en la justicia social; que conmemora su día como parte de la cultura popular, el “Día de la lealtad”; ese día histórico en que encarcelado el coronel Juan Domingo Perón el pueblo salió a la calle a pedir su liberación para llevarlo a la Presidencia al año siguiente. Lo diferente está ahí, las clases populares eligiendo y defendiendo a su líder, imponiendo su voluntad bajo la esperanza de adquirir y conservar los derechos de los trabajadores y lo más necesitados… los futuros “descamisados”.

Como muchos de los habitantes de esta zona de la provincia de Santa Cruz, mi papá vino de San Fernando del Valle de Catamarca a los dieciseis años, se dedicó al trabajo incansable en la mecánica, la Unión obrera metalúrgica y lo que hubiera para poder vivir con la chilena que le robó el corazón y fue a buscar en un “fitito” por camino de tierra a Coyhaique. La militancia activa en la juventud Peronista y la actividad sindical de las que no se alejaba hicieron que sus cuatro hijos nacieran en el exilio político en Chile, la última yo, en el año 80.

Cuentos y chimentos de esos años hay miles, con gobierno militar en Argentina y gobierno militar en Chile luego del derrocamiento y fusilamiento de Allende la estancia de la familia se dio en el Fundo los dos tordillos en plena cordillera chilena, dos horas en vehículo y dos a caballo los separaban de la confortable Coyhaique. Ahí aprendieron de chicha y vino navegado, de asado al palo con cuero, carneadas y señaladas. De que los peones por diez días bajaban al pueblo para el 18 y había que alimentarse a pollo nomás, hasta tomar coraje. Una vez me contó mi viejo: -Ese 18 ya estaba que nos salían plumas, fui a carnear para dejar de comer pollo. Pobre bicho, sufrí más yo que él.

Desde la cordillera chilena todos los días mi padre miraba con nostalgia su Argentina; entonces volvió el exilio, Comodoro Rivadavia, Río Gallegos y luego la estadía definitiva en Los Antiguos, su lugar en el mundo. Ese lugar en el que siguió la militancia, el “Perón, Perón que grande sos”, la concejalía y la intendencia. La lucha por hacer bases en un lugar que tiene muy arraigado el NYC, el ser hijo del pueblo.

La militancia peronista hizo que construyamos familia donde no había, que proyectemos sueños y hagamos bases en torno a debates políticos, propuestas de participación, militancia activa y la lucha por la búsqueda de la justicia social; de muchos sueños que se vieron cumplidos y hoy estamos asistiendo al derrumbamiento de este castillo de derechos que se forjaron con muchos años de lucha en todos los ámbitos posibles de la vida política. Porque el peronismo es un modo de vida, un sentir social, una búsqueda por lo justo, lo igualitario.

Mis padres construyeron su familia y vivieron su vida en el paraíso cordillerano y hace poco más de dos meses su corazón se apagó. Le preguntaron estando en terapia: -¿Cómo está Don Agüero? –Acá, tratándome de morirme tranquilito para no molestar. Y se murió. Y lo último que dijo fue: -Esto no da para más. Y sé que no sólo se refería a su corazón y el final de su vida; sino a que todo esto no da para más. Un conocido me diría cuando estábamos transitando su despedida que quizás no soportó tantas injusticias, tantos atropellos, ver que hay necesidades y no se otorgan derechos, ver el hambre y la miseria, ver cómo se están cayendo a pedazos los sueños de la patria grande.

Mi viejo se fue y lo despedimos como él quiso en un día peronista, sus cenizas las dejamos en La pampa de la yegua muerta camino a Los Antiguos para culminar con un gran asado y buen vino entre familia del corazón y amigos en la “17 de Octubre”, privado, chiquito, íntimo.

El cultivo de tomates y pepinos fue su gran arte, y aunque se decía mecánico yo le digo chacarero de los mejores, del cultivo fino y sin agroquímicos, de las lombrices, la bosta de oveja y el riego de canales. De seguir con las bases del partido y vender al menor precio el mejor producto, de cambalachear con sus amigos por damascos, gansos y huevos caseros su producción de hortalizas y frutas finas.

Este año no te pude llamar para decirte “Feliz día compañero”, pero sé que estás en mis palabras y mis sentimientos, en los libros que leo y que desleo, en la doctrina peronista que sigue en mi mesa de luz y las mil anécdotas que forjamos juntos.
En cada marcha peronista, cada vez que prenda un fuego y hablemos de justicialismo vas a estar; así, como te recuerdo, con la mano cerca del corazón cantando fuerte y con sentimiento, emocionándote cuando recordabas el exilio y las miserias de estar lejos, “Nunca se está como en casa” fueron tus palabras. “Nunca se deben olvidar las bases del justicialismo compañerita; donde exista una necesidad, existe un derecho”.

Los mejores días fueron a tu lado, en la chacra con mates y tortas fritas de la vieja, mi mejor abrigo fueron tus abrazos y hoy la distancia de no tenerte se hace infinita y dolorosa como la pena del pueblo, como la agonía tuya y del necesitado; porque es lenta, sorpresiva y dolorosa e insensible para el oligarca. Porque esos días felices son un pasado que duelen en el presente por la injusticia, porque se pierde los derechos adquiridos y tu presencia, por todo lo que nos están quitando.

Hay días que van a volver… como los peronistas, y en esos días voy a brindar por vos y todos los compañeros que se fueron angustiados y con el pecho cerrado de ver cómo crece el hambre y la incertidumbre del futuro, de ver como nos quieren despojar de todo, hasta de los sueños. Van a volver los días de militancia, vamos a volver.

Feliz día compañero, porque los mejores días fueron, son y serán peronistas.

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