Hoy, 28 de noviembre, se promulgó la fe, la letra, el propósito de los congresales que hicieron la Constitución Provincial; la redactaron para ellos –los de entonces- y para todos los hombres que quisieran venir. De hecho, han venido muchos. Santa Cruz tenía por esos años 50.000 habitantes y hoy somos 280.000.

Lago Columna (foto de Victor Eceiza) que está ubicado al Sur de Perito Moreno/Los Antiguos, al otro lado de la Meseta del Lago Buenos Aires. Esa zona se llama ahora Paso Roballos. Cuando llegó mi bisabuela Juana con hijos y hacienda –había salido de Las Lajas- se llamaba Cañadón Verde.

Tal vez el “día de Santa Cruz” sea este. O tal vez aquel, de 1520, cuando Antonio Pigaffeta vio a un hombre que cantaba y danzaba sobre la arena de la playa. De todas maneras, quiero publicar este poema y me parece bien hacerlo hoy. Es un poema de amar. Espero que se abra paso entre tantos actos de dolor. No soy quien para dar un remedio para nada. Solo se trata de un mensaje en una botella cósmica.

El país aonikenk

Para amar tu provincia, a tu gente, y tu pueblo

deberías saber (por ejemplo) dónde nació este río, en qué montañas,

de qué hielos y lagos estas aguas traen hasta los valles su tumultuoso aporte al regadío.

Es necesario amar el agua, no tanto la que pasa,

sino la innumerable agua-masa

las entrañas del glaciar que parece dormido en la montaña.

Los ríos son arterias que conducen la savia glaciaria.

Para querer profundamente habrás de conocer la historia aonikenk:

Transitarás caminos de pampas y mesetas, de guadales y valles, cañadones y vegas.

Caminando tu tierra de aike en aike

(del Estrecho al Deseado, desde el mar a Chaltén)

tus ojos verán la geografía intacta del país aonikenk.

Ellos no están … los buscarás en vano. Pero la tierra guarda los rastros del pasado.

No profanes el chenque, el picadero, ni los frisos de las grandes cavernas

donde hay manos pintadas, guanacos, hombres y avestruces en escenas de caza.

Ellos no están, pero su rastro queda, entre altas paredes de piedra

y en las viejas cavernas.

Para amar la provincia es necesario reconocer su piel en la aspereza de las matas,

y saber que debajo del asfalto duermen antiguos rastros de mulas, y de chatas.

En la voz del carrero está la historia del afán fundador de los abuelos,

de arreos cruzando el territorio para encontrar el valle, junto al cerro.

Venían mis abuelos, por ejemplo, de Las Lajas; otros de Chile, España o Buenos Aires.

No importa de qué parte: eran fundadores

(y no hablo de los latifundios que sólo nos dejaron el alambre).

Para amar la provincia hay que acordarse, que vinimos del campo a las ciudades,

que fueron campesinos nuestros padres.

A mitad de camino (del último tehuelche hasta el recién venido a nuestra tierra)

hay una historia, y es necesario conocerla:

espectros de indios sin orejas, las tumbas colectivas de las huelgas rurales

aún esperan redención para su sangre.

Para amar tu provincia, a tu gente y tu pueblo deberías cantar por ejemplo al hombre petrolero.

Este es el hombre actual, habitante industrial de recientes ciudades.

Esta es la historia viva, se construye en las calles

y pobre del cantor que no la cante.

Por: Héctor «Gato» Ossés.

 

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