Violencia escolar en la agenda política: historia y actores sociales

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El pasado 1 de marzo, con motivo de la apertura de sesiones ordinarias N°135 del Congreso de la Nación, el presidente Mauricio Macri se mostró interesado en un proyecto de ley para defender a los docentes de las agresiones de estudiantes o familiares, a partir de lo sucedido en el mes de febrero en Rosario de la Frontera, Salta, donde una madre agredió físicamente a dos maestras porque su hija no había pasado de grado. Este hecho motivó que, desde Tarde para todo, programa radial emitido por Frecuencia Patagonia 99.3, conversemos con Sebastián García, sobre la violencia escolar física y simbólica, su causas y el rol de la institución escolar.

Sebastián García, Licenciado en Ciencias de la Educación, Magister y Doctorando por la Universidad de Buenos Aires, investigador especializado en la violencia en la escuela media y co-autor de «Violencia escolar bajo sospecha», bajo la dirección de Carina Kaplan, plantea debemos preguntarnos, en términos de intervención, sí la sanción de una ley que aumenta las penas a las agresiones a docentes permite solucionar el tema de fondo y modificar esos actos violentos. De esta forma, considera que para hablar de la violencia en la escuela, primero es necesario ponerla en contexto y explica que la difusión mediática de la violencia y su aparición en el planeamiento de políticas públicas es algo relativamente novedoso ya que aparecen casos tipificados o nombrados como violencia escolar a recién partir de la década del 90 del siglo pasado.

En segundo lugar, sostiene que es necesario preguntarse qué se pone en juego en el término «violencia» y expone que generalmente, en una charla de café o un asado desde el sentido común, entendemos a la violencia como el ejercicio de la fuerza directa sobre otro. A esta visión física, el investigador le contrapone otras formas instituidas y naturalizadas que se pasan por alto y que se traducen en las formas de nombrar, nominar, de dirigir la palabra, en formas de incluir o excluir a estudiantes porque forman parte de otra comunidad o porque son de bajos recursos.

«Vemos que hay toda una gama de formas de violencia que pueden ser tipificadas, pero sin embargo, solo algunas parecen tener acuerdo en la sociedad. Hay un espacio de discusión o litigio en donde ciertas formas de agresión simbólica se discuten si son o no violentas y otras no», sintetiza el autor de «La experiencia emocional de los estudiantes secundarios. Exploraciones en torno a las violencias, el miedo y la inseguridad en la escuela» incluido en el libro Violencia escolar bajo sospecha.

La violencia en la historia de los sistemas educativos
«Pensar la historia de los sistemas educativos, como la constitución de nuestra escuela primaria obligatoria, implica la imposición de una cultura que emerge como legítima con una idea de nación y ciertos valores culturales, que están sobre los aspectos regionales y las particularidades regionales», cuenta García»Allí hay identidades subsumidas que deben prestar atención a la alta cultura del liberalismo y nacionalismo triunfante que se instala como dominante que sigue dando cuenta del acto de imposición y fuerza que obliga a someterse con ideas y valores culturales a ciertos actores sociales cuya cultura entra en tensión con otra legitimada socialmente», agrega.

Por el contrario, el investigador da cuenta de que, en el terreno socio-educativo, asistimos desde hace algunos años, a políticas de reconocimiento y ampliación de derechos de diversas identidades culturales que entran en la institución escolar a discutir en un espacio que antes era más homogéneo y donde se impartía una sola mirada del mundo. Al mismo tiempo, plantea que no debemos dejar de observar que las múltiples diferencias como la identidad de género, étnico nacional, la filiación religiosa, partidaria, o condiciones sociales y económicas, son a la vez desigualdades y que en el sostenimiento de la diferencia puede haber un ejercicio de la violencia, más o menos organizado institucionalmente y que, generalmente, no se despliega a través de la fuerza física. Existe entonces, de alguna manera, una continuidad con prácticas que se encuentran en el inicio de la escuela moderna.

«Las propias dinámicas históricas en cuanto a políticas de Estado y luchas de movimientos sociales pusieron en evidencia que los sistemas educativos excluían a gran parte de la población. No los niveles primarios que a comienzos del SXX escolarizaron a la mayoría de la población, sino con los niveles secundario, los estudios superiores y la universidad», resume García.

Un hito importante, reconoce el especialista en violencia escolar, es la Ley de Educación Nacional N°26.206 del año 2006, que marca la obligatoriedad completa del nivel secundario y da lugar en la escuela a muchos sujetos que históricamente fueron excluidos de ella. Se trata de una exclusión que se veía naturalizada porque muchos de esos sujetos que dejaban la escuela secundaria, o que directamente no asistían, se pensaban a sí mismo como los responsables de su fracaso educativo. Esos sujetos conforman un grupo con determinadas características: no son los grupos que están bien posicionados en el espacio social mediante privilegios económicos, sociales y culturales, sino que son los que tienen menos acceso a estos bienes.

Hay un hecho fundacional que la escuela reprodujo durante mucho tiempo y así, comienzan a tipificarse muchas prácticas violentas. «El ingreso de estas poblaciones postergadas repercute sobre la institución escolar porque la tarea de imponer un pensamiento homogéneo, cuando el grupo deja de serlo, por ejemplo, en términos económicos, replantea otros modos de trabajo pedagógico y otros modos de vincularse entre sujetos que seguramente en el barrio y en la calle no se vinculan», explica el investigador denotando que en la escuela, como espacio común, hay diferentes sujetos que están obligados a compartir el espacio por Ley, mientras en otros espacios sociales no pasa.

Emociones, miedo y vergüenza
Cuando Sebastián García comenzó a estudiar las emociones, se centró en el miedo y postuló como hipótesis que los estudiantes tenían un marcado miedo a la violencia física, a que les peguen o lo lastimen. Por el contrario, a partir del trabajo de campo en las escuelas, descubrió que sus miedos estaban relacionados con hechos de la vida escolar como lo son el repetir de año y perder el grupo de pertenencia, ser dejados de lado, o que sus padres se enojen por el hecho de llevarse materias a marzo. De esta forma, observó que la las emociones se vinculan con la apropiación del oficio de estudiante: resolver tareas, entregar trabajos, adecuarse a lo que pide cada profesor, etc.

Así, para el investigador, el manejo de las emociones que los estudiantes ponen en juego en la institución escolar, como el miedo y la vergüenza, dan cuenta de que muchas veces estás son determinantes, incluso más que las capacidades cognitivas, para dar continuidad o poner fin a una trayectoria escolar. Lo que se piensa como fracaso escolar, abandono y repitencia, no tiene que ver solo con la no apropiación de los contenidos, sino con el manejo de las emociones. Ser parte, gustar al otro y saber manejar la exposición son puntos muy importantes ya que los estudiantes, en muchos casos, sienten mucha vergüenza al pasar al pizarrón o hacer educación física y, en esos casos, prefieren ser invisibles. «Uno no siempre quiere ser invisible, sino cuando no tiene un buen desempeño y cree no estar a la altura de las circunstancias, pero al mismo tiempo la sociedad demanda visibilidad cuando pide que seamos distinguidos, autónomos, que seamos nosotros mismos como lo hacen las redes sociales que nos demanan exponernos todo el tiempo y mostrarnos únicos», dice García.

Es interesante contemplar el hecho de que, en ese contexto, los estudiantes tienen que aprender a trabajar con un profesor que los evalúa por sus notas y desempeño, al tiempo que deben lidiar con la presión de un grupo que, frente a buenas notas, puede acusarlo a uno de traga, de buchón del profesor. «Allí, el trabajo es difícil porque el estudiante se distingue y se separa del grupo y demanda un trabajo muy fuerte de las emociones de su parte», explica el docente.

De esta forma, da cuenta de que éstas cuestiones no son visibilizadas y que hoy se lleva a cabo un trabajo con las emociones desde un punto de vista cognitivo y psicológico  que no toma en cuenta las emociones como instituciones ligadas a las normas. «Las emociones no son individuales, sino sociales porque hay reglas que nos postulan como debemos comportarnos frente a determinadas situaciones: en un velorio no podemos , aunque no me sienta afligido, no puedo reír, sino que debo expresar tristeza porque es parte de la norma» ejemplifica.


Violencia, escuela y familia
Finalmente, Sebastián García invita a pensar el problema de la violencia en términos sociales a partir de un colectivo institucional y no de forma individual y descontextualizada. Para el especialista en violencia escolar, «cuando se está en presencia de agresiones verbales o físicas se debe intervenir, pero la mediación debe ser institucional ya que allí aparece el cuidado hacía los docentes». Y agrega que «la intervención debe ser una responsabilidad docente pero como colectivo que incorpore además a los poderes del Estado, como lo son el Ministerio de Educación o las secretarias de educación».

Hay una co-responsabilidad de pensar la escuela como una institución de cuidado a partir de una mirada democrática que incluya acuerdos y normas institucionales que se van modificando para regular la convivencia. Para el docente, «así sucedió con la escuela secundaria que históricamente preparaba a las esferas más altas para el acceso a la universidad y hoy, a partir de la LEN, permite el ingreso de  otras poblaciones y otros saberes, y que tiene otros mandatos como la construcción de ciudadanos lo que implica saber vivir en sociedad».

Finalmente, a la pregunta inicial que planteó él mismo en el inicio, sobre sí la sanción de una Ley que aumenta las penas a las agresiones a docentes permite solucionar el tema de fondo y modificar esas agresiones, Sebastián García respondió que «pensar el cuidado de los sujetos debe ser primero una cuestión institucional y de adultos, para luego poder enseñar a los estudiantes a cuidarse a sí mismos y cuidar a los otros. La primera responsabilidad debe ser del Estado, de la escuela como institución y de los docentes», concluyó.

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