Muchos economistas se esmeran cotidianamente para predicar en favor de políticas de crecimiento y concientizar sobre las nocivas consecuencias de las políticas regresivas, Alfredo Saiat, Julio Gambina, y tantos otros, intentan transmitir a los ciudadanos sus convicciones en cuanto a la preocupante actualidad económica del país, tarea encomiable ya que la economía ha sido instalada por la ortodoxia funcional al abuso del capital concentrado, como algo engorroso y como tal, reservado a especialistas.

Claro que no es así, los conceptos fundamentales de la economía son utilizados por la inmensa mayoría de la ciudadanía y muchos otros, de carácter general, pueden ser aprendidos fácilmente, pero, los “Especialistas”, que las grandes empresas instalan en los espacios mediáticos de alta audiencia merced al poder de su dinero, te la hacen compleja buscando que sus conclusiones sean “dictados”, “verdades reveladas”, ya decía un estadista nacional… “si no le entiendes a un economista… es porque está tratando de robarte”.

El crecimiento económico implica que la torta que se reparte entre los habitantes sea cada vez más grande, de esta manera cada ciudadano tendrá más posibilidades de recibir una porción mayor, lo que dependerá de los criterios de reparto de la torta, los que pueden inclinarse hacia la distribución o la concentración de la riqueza.

La torta está determinada por los bienes y servicios que producimos, los que generan ganancias, o sea, más producimos, más ganamos y más grande es la torta a repartir. Es necesario que todos los años la torta crezca porque la población crece, ya que, si no se logra ese objetivo, a cada uno de los compatriotas le tocará proporcionalmente menos.

Entonces, está claro que el bienestar socio económico de un país está en relación a lo que produce, o sea, depende de su Producto Bruto Interno (P.B.I.). Esta variable puede ser medida en función del aumento de la masa monetaria y comparada con un período anterior, o en proporción a la cantidad de habitantes, o sea, mediante una asignación per cápita.

Luego de la crisis de la salida de la convertibilidad, a partir del año 2003 y durante una década, argentina vio crecer su P.B.I. a un promedio aproximado de 8% anual, excepto en 2009 y en 2012, producto de dos crisis internacionales a las que los países exportadores están expuestas, fueron ellas, la burbuja inmobiliaria en E.E.U.U. y la incidencia de la crisis Griega del Mercado Común Europeo, respectivamente.

A partir de entonces y hasta 2005 nuestro país creció a índices bajos, pero en 2016 registró un alarmante decrecimiento, la torta se achicó, la argentina produjo menos, fundamentalmente por que cayó la industria, y mucho tiene que ver en esto la apertura de las importaciones.

Un índice importante de la economía de un país es el saldo de su balanza comercial. Cuando ingresan productos a muy bajo costo provenientes de países con salarios que rozan la esclavitud, a los que no se le aplican impuestos a la importación que prioricen la industria nacional, muchos pequeños y medianos empresarios del país dejan de producir, cae entonces el empleo, lo que facilita su precarización, ya que, cuando falta trabajo, es más factible que se acepten condiciones que van en contra del trabajador, entonces baja el poder adquisitivo del salario, la gente consume menos, los comercios venden menos, las fábricas producen menos, se prescinde de servicios, etc., etc., es decir la torta a repartir es irremediablemente más chica cada vez, lo que los economistas llaman contracción económica.

En los dos últimos años la balanza comercial negativa de argentina fue solo una de las variables económicas preocupantes, además el Estado gasta más de los recauda, es deficitario, se da el temible déficit fiscal.

La alternativa virtuosa sería recaudar más, si la actividad económica creciera, si la torta creciera, el estado recibiría más dinero por impuestos, pero como el P.B.I. no prospera, como el plan económico del gobierno es recesivo, apela a ajustar gastos y lo hace solo afectando al rendimiento de los salarios y las ganancias de los comercios y PYMES.

Contradictoriamente el PRO hace todo lo contrario con los grandes empresarios, aliviana su carga impositiva resignando recursos del estado. Macri bajó el comúnmente llamado impuesto a la riqueza, bajó las retenciones a la exportación de granos y de otros recursos primarios que nuestra tierra provee, sin ningún tipo de valor agregado, a las grandes corporaciones, como es el caso de la minería. Las corporaciones extranjeras que explotan la minería en argentina, luego de obtener tan importante beneficio económico, redujeron la cantidad de trabajadores del sector, lo que demuestra que la máxima de los economistas ortodoxos llamada “Teoría del Derrame”, que sostiene que la guita que se pone arriba, es decir, en las cajas fuertes de los grandes empresarios, derrama en beneficio de los trabajadores, es una mentira, tan mentira como la que adjudicaba Scalabrini Ortíz a los economistas que no se hacen entender, porque, si no entendés a un economista es porque no quiere que comprendas, simplemente porque te está robando.

Por: Juan Balois Pardo

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