Atahualpa Yupanqui pasó de largo por Tala. No se quiso detener. Pensó que Climaco Acosta había muerto (Cipriano Vila también), dos horcones entrerrianos de una amistad sin revés. A partir de ese momento la ciudad quedó en el territorio del recuerdo. Nunca sería igual.

Las ciudades son móviles. Muchas veces uno entra, hace unos trámites, compra algunas cosas y se dispone a seguir viaje. En ese momento, ya no está saliendo de la misma ciudad. Se han producido demoliciones, inauguraciones, voladuras de techo, clausuras, piquetes.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” escribió Juan Rulfo. Pero la ciudad de Juan Rulfo no tiene el mismo territorio que la ciudad continua. Rulfo interrumpe la ciudad, la pone en suspenso y crea una nueva dimensión para sus muertos a la deriva.

Santa María, la ciudad junto al río, es un espacio no-geográfico que tuvo que crear Juan Carlos Onetti para contener la trama de sus personajes: “Es fácil dibujar un mapa del lugar y un plano de Santa María, además de darle nombre; pero hay que poner una luz especial en cada casa de negocio, en cada zaguán y en cada esquina” (Onetti, 1964).

Tengo un amigo que sostiene la existencia de una ciudad en la pampa húmeda. Suele publicar fotografías de la plaza, de las casas antiguas. Las fotos son parecidas a las casas y plazas de Lincoln, de Junín; similares a las de tantas ciudades de la extensa provincia. Cada tanto “viaja” a su ciudad o realiza algún comentario. Ese es su territorio, el espacio geográfico que necesita para contener la nostalgia de los trenes, de sus primeros años de vida.

Antillia nació de la sospecha de los geógrafos, de la imaginación de los navegantes, de la teoría de los cosmógrafos.  En la Edad Media, la isla era necesaria para mitigar la falta de certeza sobre los secretos de la mar océano. Sobre el Oriente tenían datos pero sobre esta tierra “tan nueva y tan nunca vista y oída” no sabían nada. El territorio de Antillia fue creado por la fantasía de los territorios perdidos a mano de los árabes. En Antilla y las Siete Ciudades permanecía el testimonio de lo que habían sido antes de los moros.

Malvinas -como los glaciares, como los pueblos originarios- adquiere visibilidad para curar las heridas del olvido. Para sanar los descuidos de la historia escrita por el centralismo. Las Malvinas son nuestra Antillia pero ya no por incertidumbre geográfica sino por incertidumbre política.

Es que son los territorios los que deben adaptarse a nuestra fantasía.

Aclaración del autor: el autor nació en Lago Buenos Aires, provincia de Comodoro Rivadavia (un lugar que ya no existe en los mapas).

De la página web de Héctor Raúl “Gato” Ossés

 

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