Un chico de mi pueblo, compañero de juegos, tenía la particularidad de llamarse Omar, Omar Álvarez. Digo “particularidad” porque en realidad se llamaba Domingo Brito (nombre que usa hasta hoy aunque de vez en cuando alguno le dice Omar).

En tiempo de niñez-adolescencia no tuve apodos. Eso sí, me decían Hétor. Después fui El Negro mucho tiempo, fui Ossés a secas y, por último Gato (para siempre). Nunca supe por qué me quedó el sobrenombre de Gato. En estos últimos años todavía me suena una alerta cuando dicen Mao porque durante ocho meses elegí ese nombre para vivir en China.

Trabajé mucho tiempo en el sector Personal de una gran empresa. En esos listados encontré nombres tan contundentes como un apodo: por ejemplo, Don Eudocio Catalino Antonio de la Colina, un hombre gaucho de la provincia de Buenos Aires y Don Carmen Loray otro criollo enorme pero con nombre de mujer. Tal vez, su madre haya sido devota de la Virgen del Carmen.

¿Llevar un sobrenombre, es llevar una máscara?

El origen de la máscara se remonta al principio de los tiempos, se pierde en la más remota antigüedad. Desde el perío­do paleolítico el hombre la ha utilizado en relación con los cultos religiosos. El uso de la máscara en el contexto ritual crea una dinámica que permite la transformación de la identidad. La condición ambigua de la máscara hace que tanto el personaje de la máscara como el individuo que la porta no se excluyan el uno al otro. No se anulan. La máscara es mediadora entre categorías opuestas y tiene la doble función de “mostrar” y “ocultar” pero contribuye a tergiversar la realidad. Intermedia entre el mundo de los dioses y el mundo de los hombres. En el contexto ritual son creadoras de orden en contraposición al caos.

Tal vez el apodo sirva (como una máscara) de conexión entre el mundo real y el mundo de las apariencias. Es un salvoconducto para atravesar las líneas siempre inestables de la realidad. Muchas veces pienso que podríamos establecer el perfil de un individuo cualquiera si tuviéramos acceso a todas sus credenciales de internet. Vestirse de mujer (siendo hombre) para satisfacer reclamos de la personalidad es también utilizar una mediación entre el mundo real y el género deseado.

Pero en otros ámbitos, se califica de “travestismo” a quienes mutan con el solo fin de maquillar alguna adhesión espuria, para fingir un encuadramiento de última hora, los que se dan vuelta la camiseta y tienen ya la inscripción exigida. La careta no es lo mismo que la máscara.

De todas maneras el sobrenombre, el nickname (esa máscara en definitiva) solo sirve para los otros, para ellos, para aquellos. Cuando el individuo se enfrenta en el espejo con su rostro verdadero no se piensa como ninguno de sus apodos, por más sólidos que sean. Cuando está consigo mismo, cuando se piensa, se interroga, se increpa, cuando el sujeto hunde el escalpelo para reflexionar sobre su propia condición, en ese secretísimo momento, Es el que Es, el único, el portador del nombre inalterable que le dio su madre.

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